Archivo de Marzo 2007

Paisaje en la niebla (1988), Theo Angelopoulos

Marzo 19, 2007

El saxofón elegíaco

Marzo 16, 2007

Leo en la página 444 de mi librito El jazz, de Joachim E. Berendt (México: FCE, 1998):
El noruego Jan Garbarek ejerció una especial influencia en los años setenta y ochenta. En forma dramática, Garbarek ha dado al llameante cry de los tenoristas del free jazz –sobre todo al de Coltrane en su última época, pero también al de Albert Ayler y Archie Shepp- un carácter de frialdad, de elegía y de estética. Se modo de tocar, rico en pausas, es a la vez expresión de queja y alegría. El saxofón tenor de Garbarek llora, pero no se lamenta. Sus líneas abren espacios de amplitud verdaderamente mágica: imágenes de ensueño en las que se entretejen en ensimismada belleza elementos de la música popular escandinava, del free jazz y de músicas rituales asiáticas. En el fondo, Garbarek es el único saxofonista tenor europeo que ha influido también en la escena norteamericana, lo cual es mucho más notable porque su obra ha tenido un asombroso distanciamiento de las raíces afroamericanas del jazz, y en lugar de ellas acentúa las fuentes de la música europea, en especial de la música popular escandinava.
Berendt hace una o dos menciones más de Garbarek y lo deja pasar. Total, se trata de una historia del jazz, no de un tratado sobre un solo autor. Y sin embargo no quedo satisfecho.

Muchas veces resulta relevante que tal o cual músico haya nacido en determinado lugar. El jazz no es la excepción. A eso podemos llamarle romanticismo o como queramos, lo cierto es que el entorno melódico tradicional llega a resultar tan importante que definitivamente marca (por decirlo de alguna manera) el estilo que cada músico genera una vez que ha concluido una formación profesional y emprende el largo camino de la búsqueda individual. Así, resulta completamente relevante que Jan Garbarek haya nacido en las heladas tierras de Noruega, muy al norte de Europa, donde el sol no se oculta durante el verano y donde las sombras señorean el paisaje en invierno. No encuentro otra explicación para acercarme a su música (tersa, suavemente intensa, bastante contemplativa) más que largas horas mirando fíjamente superficies blanquísimas, a resguardo de la nieve y el frío. Es probable que haya nacido bajo la protección de Forseti, la divinidad nórdica de la concordia, la paz y la amistad. Basta escucharlo un poco para estar de acuerdo.

La carrera musical de este saxofonista tenor y soprano resulta interesante por la versatilidad de que ha dado cuenta a lo largo de casi cuarenta años de trabajo, pues ha transitado del jazz avant-garde a lo que podríamos llamar (sin ningún fin peyorativo) música new age. Pero esto para mí carece de importancia. Lo que en cambio sí me deslumbra es la capacidad proteica que ha demostrado para incorporar al jazz cierta música tradicional de los países escandinavos, Medio Oriente, la India o incluso el canto gregoriano. En el primer caso resulta sorprendente el álbum Rosensfole (1989), donde acompaña a la cantante noruega Agnes Buen Garnas en la interpretación de canciones medievales de Noruega. En este disco la presencia de Garbarek es discreta pero decisiva. Nunca toma la delantera a la cantante, la acompaña y genera en torno a ella una atmósfera de intensísima sutileza. En su relación musical con Medio Oriente se encuentra Madar (1993), con Anohuar Brahem, un prodigioso músico de Túnez. Para ejemplificar su relación con la India ahí están Ragas and sagas (1992), con Ustad Bade Fateh Ali Khan, músico paquistaní, y Vision (1983) y Song for everyone (1984), con el inefable L. Shankar (y cuya pieza “Conversation” es una de las mejores que haya escuchado nunca). De la música que podríamos llamar culta (?) no es necesario que hable: en la Ciudad de México un conocido mío cuyo nombre no quiero mencionar distribuye a granel copias pirata de Officium (1993), con The Hilliard Ensemble, un disco insólito donde el canto gregoriano y el jazz se dan un abrazo permanente y definitivo.
A pesar de todo esto, mi admiración incondicional y mi fervor hacia Garbarek tuvo un origen que no quiero omitir. Fue una tarde de cine, ya no recuerdo si en el Centro Cultural Universitario o en la Cineteca Nacional. En la pantalla un par de niños emprendía un viaje a través de la sureña Europa oriental con la finalidad de buscar a su padre, pero conforme transcurría la película lo único que encontraban era penalidades y sufrimiento. En compañía de las imágenes, durante algunas escenas hermosas y sabiamente dilatadas, sonaba algo que no desmerecía de lo que se proyectaba en la pantalla. Era una música dulcísima y triste, suave y melancólica. Muchos años después me enteraría de que ese saxofón era de Jan Garbarek y que Eleni Karaindrou, la compositora de la música en muchas películas de Angelopoulos, era en parte la artífice de algo que se reuniría en Music for films (1991).
Por cierto, Jan Garbarek cumplió sesenta años el pasado 4 de marzo. Enciendo un cigarrito y me pongo a escuchar Star (1991), con Miroslav Vitous en el bajo y Peter Erskine en la batería. Ahora suena “Roses for You”. Celebremos.

Elogio de la biblioteca

Marzo 10, 2007
Desde siempre he sido usuario de las bibliotecas públicas. Cuando era niño encontraba en ellas un espacio en el que podía refugiarme de la brutal realidad; más tarde, cuando estudiante, paliaron de manera eficiente mi menguada economía. Pero siempre, de una u otra manera, han estado presentes en mis entusiasmos e inquietudes. Nunca estuve dispuesto a ver en ellas sólo un espacio físico dispuesto a ofrecer unos conocimientos determinados que perdían vigencia al término de un trabajo. En ellas, muchas veces me descubrí presa de hechizos y embrujos, de situaciones descabelladas o francamente inverosímiles, pero siempre bellas.
Fue en la biblioteca pública de mi pueblito, allá por 1987, donde descubrí por primera vez uno de los aspectos más naturales de la sexualidad, pero que a mí me cayó como cubetada de agua fría. Como todas las tardes, aquel día no entré a la escuela para tener la oportunidad de hojear algunos libros. Y, como algunas tardes, aquel día el bibliotecario había salido a platicar con la secretaria de la recepción sin tener la delicadeza de dejar a alguien a cargo. Por lo demás, es verdad que mi simpatía por las ciencias nunca ha sido lo suficientemente poderosa como para inclinarme a estudiarlas con un rabioso entusiasmo, pero por aquellos días estaba encandilado con una enciclopedia en la que se narraban las vicisitudes de un androide llamado Proteo. Ilustrada como si fuera una historieta, la enciclopedia pretendía proporcionar lecciones de biología o física, por ejemplo. Lo cierto es que yo no entendía demasiado, pero lo disfrutaba enormemente.
Aquel día, sin embargo, había ocurrido algo inusual: se encontraban reubicando la colección y los libros no estaban en su sitio de siempre. Así que me puse a mirar con detenimiento los lomos de los libros que había por ahí y de pronto, sin saber bien por qué, comencé a hojear un tratado de ginecología profusamente ilustrado. Recuerdo muy bien en qué momento de la lectura me encontraba cuando el bibliotecario se aproximó a mí sin que me percatara: eran las fotografías de un parto. Su voz, que en ese momento me pareció entre inquisitiva y maliciosa, me obligó a salir corriendo y el pudor me impidió regresar por lo menos en quince días.
Recuerdo todo esto porque la tarde de hoy estuve en una de las mediatecas del ayuntamiento donde vivo. No es de las más grandes que hay en Madrid, pero la cantidad de libros, discos, cd-rom y películas hacen palidecer a cualquier otra biblioteca mediana del Distrito Federal. Pienso, por ejemplo, en esa misma biblioteca de la que hablaba hace un momento, en Santa Rosa Xochiac, pequeña pero tan bien gestionada. O en aquellas otras, las de la delegación Cuajimalpa, en las que diversas administraciones de gente ignorante han contribuido a desaparecer excelentes libros. Pienso en lo poco que las visitan, en el desdén con que las tratan las autoridades (in)competentes, en el poco valor que representan para las personas que tienen el privilegio de poder comprar libros y resguardarlos, a salvo de lluvia, humedad e incluso polvo.
Disfruto que aquí me permitan llevar a casa, durante un mes, hasta cuatro libros. Y que el material audiovisual me lo presten durante una semana sin ningún inconveniente. Qué distinto, qué lástima, de nuestras bibliotecas públicas. Cuando era adolescente intenté que me prestaran algunos videos de National Geographic decenas de veces, sin ningún éxito. Y ahora lo confieso sin ningún pudor: muchas veces tuve que robar lo que no me prestaban porque no me acompañaba un adulto o no había quién se hiciera responsable de los préstamos.
Sí, y aún así, yo amo las bibliotecas. Pero no me gustan esas bibliotecas de estantes cerrados donde los libros están cautivos y uno llega a ellos después de recomendaciones académicas o una bibliografía elemental. Prefiero, sobre todas las cosas, la aventura, el descubrimiento azaroso, la revelación. Así, mis bibliotecas preferidas son aquellas en las que los estantes están abiertos a quien quiera echar un vistazo. No hay nada como pasearse entre los pasillos silenciosos, entre anaqueles horizontales, en penumbra, mientras decenas de lomos esperan pacientes nuestra atención. No miento si afirmo que ha sido así como he hecho algunos de los descubrimientos más intensos en mi vida como lector. En las modestas bibliotecas públicas de mi país descubrí los gozos y las sombras de los poetas que son, quizá, los amantes más intensos que ha habido. Me refiero, por supuesto, a Catulo y a Propercio, a Jaime Sabines y Pablo Neruda, a Pedro Salinas. Fue en una biblioteca pública donde leí por primera vez a Herman Hesse y a Herman Broch, a Marguerite Yourcenar y a Julio Cortázar, a Juan Rulfo y a Mariano Azuela, a Kavafis y a Rilke…
Pienso en las últimas líneas de esta noche y me detengo un momento a mirar la mesa de trabajo. Sobre ella hay cuatro estuches de discos. Todos están gastados. Se adivina que una cantidad incalculable de manos los han tocado con descuido o los ha acariciado; muchas personas habrán leído con detenimiento o prisa los títulos de las canciones y quizá, tras pensarlo un poco, se habrán dirigido hacia los sillones donde podrán escucharlos con calma gracias a un sofisticado equipo de sonido con audífonos. Se trata de música que no tiene nada en especial, de nombres que podrían decir poco o nada a muchísimas personas. Ron Carter, Charlie Haden, Pat Metheny, Paul Desmond, Chano Domínguez. Nombres que desconcertarán a quienes no los conocen como a mí me desconcertaban (me desconciertan) las bibliotecas -que han dejado de convertirse en ominosas por confusas y ahora lo son por inagotables. Y sin embargo, cómo me gustaría que ese desconcierto se incrementara y que estos discos, estos libros, se pasearan por muchas manos más, igual de inquietas y ávidas como el niño aquel que iba a las bibliotecas para refugiarse de la brutal realidad.

La mirada de Ulises (1995). Theo Angelopoulos

Marzo 9, 2007

La eternidad y un día (1998). Theo Angelopoulos

Marzo 9, 2007