Archivo de Mayo 2007

Día de lluvia

Mayo 24, 2007
Esta mañana llueve pausada, suavemente sobre Madrid. Desde el fin de semana anterior, las nubes que pasan por este resquicio de vida terrenal no han dejado de amenazarnos con ese ceño tan suyo que asusta de solo mirarlo. Y a veces llueve como ahora o sopla un vientecillo frío que se cuela hasta la nuca y hace estremecer.

Si me asomo a una de las ventanas de casa con ánimos de ver la sierra, lo único que habrá en el horizonte será una tenue cortina de lluvia, mucha niebla y el trajín interminable de grúas que giran, levantan, transportan y bajan materiales de construcción. Si desde otra ventana intento atisbar las Torres Kio, lo único que podré distinguir será la silueta lejana de dos edificios inclinados que palidecen un poco ante la imponencia de dos edificios nuevos. Por lo demás, las ventanas de los edificios cercanos tienen las persianas discretamente bajadas o las cortinas corridas. Imagino los espacios interiores a los que dan esas ventanas: habitaciones en penumbra, cocinas custodiadas por el tic-tac del reloj, salones acosados por el escándalo solitario de una llamada perdida, pasillos oscuros hasta los que llega el ruido amortiguado de los coches sobre la lluvia y alguna sirena de ambulancia perdida. Quizá el cartero llame al telefonillo y nadie le abra la puerta. Quizá el portero haya salido un momento. La gente que habita esos pisitos estará trabajando o haciendo compras o estudiando en los colegios y los institutos.

Por un segundo me da un poco de remordimiento: tanta lluvia para mí solo. Mejor enciendo un cigarro, pongo música y trabajo.

Bill Evans Trio – The days of wine and roses (Last Trio Live ‘80)

Mayo 22, 2007

Noruega, 9 de agosto de 1980. La última grabación de Bill Evans. El mismo que moriría en Nueva York, un 15 de septiembre del mismo año, víctima de la cocaína y la heroína.
Bill Evans (p), Marc Johnson (b), Joe LaBarbera (d).

Evocación

Mayo 13, 2007
Sin saber cómo, poco a poco, voy cediendo al acoso de la penumbra. He estado toda la tarde aquí, en el sillón de lectura, hojeando de atrás hacia adelante los diarios del día anterior, deteniéndome con una minuciosidad inútil en noticias efímeras, leyendo artículos que olvidaré tan pronto dé vuelta a la hoja.

Sin desearlo, sin quererlo, los gritos de los niños que pasan abajo, en la calle, y el silencio de esta habitación, me llevan algunos años atrás. Basta cerrar los ojos. Cierro los ojos y al abrirlos nuevamente la penumbra continúa aquí, pero el lugar se ha ido. Los estantes de madera, los pocos libros y discos, las postales que reproducen fotos de Tina Modotti, la mesa y los manuales de las clases que doy, la cama, la sutil cortina a través de la que se filtra una luz sanguinolenta, aquellas cosas que definen mi presente, se esfuman.

Parpadeo. Sigo recostado sobre algo que ya no es un sillón. No. Debe ser, ahora, la cama de metal que mi madre compró hace no sé cuánto tiempo, aquella que tenía en la cabecera una repisa con la imagen de Jesús, una imagen flanqueada por vidrios blancos, cóncavos, apagados. Apretando un interruptor, alguna vez, debió encenderse una luz. Si extiendo la mano más allá de mi cabeza, seguramente encontraré algún jarabe para la tos, un frasco de vaporub, otro de ajo diluido en alcohol, una pomada para los labios, un rollo de papel higiénico, algunas calcomanías nuevas para mi álbum de animales. No me gusta esta cama. Cuando uno se mueve hace mucho ruido. Cada vez que tenemos que cambiar de casa hay que desarmarla, cargarla, y armarla otra vez. Además, a los pies tiene un depósito que rechina de una manera insoportable cada vez que hay que meter o sacar ropa. Pero eso no importa en este momento.

Estoy acostado y no quiero moverme ni abrir los ojos. No quiero acordarme de que en este cuarto, en la casa en la que está este cuarto, no hay electricidad. No quiero mirar la débil luz amarillenta que se cuela desde la calle ni las paredes descascaradas. No me interesan las cajas de cartón donde guardamos los trastes ni el costal con los juguetes que me regaló José. Si tuviéramos luz, podría ver la tele. Pero no tenemos tele ni luz. Lo que sí puedo hacer, en cambio, es escuchar el radio. Seguir así, como ahora, acostado, boca arriba, y tantear con las yemas de los dedos sobre las cobijas hasta llegar a una grabadora en la que puedo leer p-a-n-a-s-o-n-i-c sin abrir los ojos. No necesito abrirlos para saber que se encenderá el dial y una aguja roja se desplazará en busca de mi estación favorita. La voz que anuncia la estación es muy agradable, dice “Radio seis veinte, la música que llegó para quedarse”, y en seguida un programa donde ponen música de películas y hablan de actores y directores que no conozco. La verdad es que no voy mucho al cine. Mi mamá me ha llevado sólo dos veces (a ver películas de Charles Bronson) y ahora voy a quedarme con las ganas de ver Quién engañó a Roger Rabbit.

Hoy tampoco fui a la escuela. Pero yo sé mucho del mundo. Tendrán que transcurrir muchos años para percatarme de muchas cosas.

Un despertar dilatado

Mayo 11, 2007

No sé si tengo mi cuerpo,
si vivo, si me habito.
Si estoy soñando o alguien soñando me sueña a mí.

Luis Cardoza y Aragón
I

No supo desde qué momento estaba despierto, pero se descubrió observando el cielo raso en el que un efímero haz de luz penetraba desde la calle y veía, allá arriba, un delgado filamento parpadeante. Parecía el momento más oportuno para dejarse llevar por una marejada de recuerdos que de pronto se agolpaban en la oscuridad. Y hojeaba en su memoria, como en un libro de fotografías no muy claras, fragmentos disímiles que aparentemente no tenían relación alguna: de pronto, una noche quizá como ésta, su padre ebrio haciendo saltar los vidrios de la sala en miles de trizas. Un gato con un cascabel en el cuello. Una piedra de forma indefinida que le había regalado uno de sus tíos y que desde siempre usaba como pisapapeles; una piedra angulosa y plana por uno de sus lados. Algún poema del que todavía recordaba palabras sueltas y uno que otro verso. Algún viaje reciente. Todo él era un compendio de recuerdos, a ratos nítidos, a ratos difusos, de risas y besos, de páginas en que se leían montañas, mares y ciudades. Y ayer, ¿qué había hecho ayer?

Cuando esto ocurría, imaginaba la ausencia de un límite entre su realidad y la de los libros, una más distinta y llevadera, más amable. Pero esa noche el ruido de un automóvil perdido lo regresaba a lo inmediato, o el mismo zumbido que produce el silencio lo obligaba a mover la cabeza para alejarlo de sí, para asegurarse de que era la presión del aire la responsable de ese sonido tan desagradable por indeterminado y esquivo. Y dentro de todo esto, algo no terminaba de convencerlo, algo raro había allá afuera, donde la noche edificaba poco a poco su arquitectura de acechos y ocultamientos, todo para derrumbarse como si estuviera hecho de polvo, y condenarlo.

A ratos recordaba también sus arribos a la ciudad, cuando venía de Michoacán o de Veracruz, y la impresión de acercarse a un enorme lago donde flotaban barquichuelas con una lucecita dentro, una lucecita por cada muerto, tendía su ominoso destello de sugerencias, de palpitaciones quizá dispuestas a revelarse. La ciudad, para él, era un cementerio. Un lugar donde las personas se mueven entre indiferencias, donde se revuelcan entre arideces de coraje o dolor, un lugar en el que nadie los puede matar porque ya están muertos. Esa noche encontró un símil adecuado para la ciudad: “Esta Argos fabulosa, al acecho de sí misma, mirándonos con sus ojos, soñándose”.

II

Pensó que el ambiente era adecuado para escuchar música; repasó mentalmente los sonidos de esa tarde: la trompeta que, en sordina, se despedía de la luminosidad para dar paso a la oscuridad espesa, a “Esta Argos fabulosa, etcétera”. Las velas le parecieron algo cursi, y de hecho lo eran, pero Alma insistió demasiado. El vino, riquísimo, aún dejaba rastros en su boca, y el dulzor se confundía a ratos con la saliva de ella, algo que no lograba realizarse en sudor, un remoto sabor a sexo. Ahora Alma seguía durmiendo a su lado, murmurando insignificancias y, de vez en cuando, acurrucándose o alejándose, descubriéndose sin desearlo y dejando que él mirara un hombro, un brazo, una pierna o una parte de la cadera. Y si imaginaba: los senos, el vientre, el pubis. Todo estaba allí, velado parcialmente por la penumbra, oculto a sus ojos por la sábana o el cansancio. En cualquier momento amanecería y entonces ella lo buscaría debajo de todo, antes y detrás de todo.

III

El sopor empezó a invadirlo mientras recordaba, esbozando una sonrisa, el día que conoció a Alma. Lo que estaba atrás de la puerta, más allá de esas paredes y esas ventanas, le pareció demasiado distante. Era como si el universo, elástico y circular, generara pulsaciones que lo alejaban de lo que lo rodeaba, hasta llevarse la música de Miles, de Dizzy o Getz, hasta colocarlo en un estado de pérdida corporal que sólo el límite entre el sueño y la vigilia podría proporcionar, sin saber bien a bien en qué momento se va a resbalar para qué lado de donde se está haciendo equilibrio. Trató de desperezar los ojos, obligándolos a mirar en la penumbra. Cierto ardor lo obligó a parpadear hasta convencerse de que todo estaba bien. Extendió la mano tratando de encontrar el encendedor (un cigarro esperaba en sus labios) pero fue inútil: el buró se encontraba en el otro lado de la cama, a la derecha. No supo qué hacer en ese momento. ¿Levantarse, tropezar, lastimarse los dedos de los pies y llegar al lugar que lo salvaría de la ansiedad? Definitivamente no, pero qué delicioso hubiera sido saborear el humo del tabaco, dejar que una inexplicable corriente de placidez se extendiera por todo el cuerpo, dándole cierta docilidad, fluidez. Desistió, por el momento.

Al mirar a Alma trató de percatarse de su respiración. Era firme y pausada, silenciosa. Sí, era distinta. Más bella acaso, más al alcance de la mano. Qué lejana le parecía ya, casi como un recuerdo, como la visión fugaz de hacía un minuto, como un pasaje no vivido pero sí contado. Como la imagen de alguien que vimos mientras conducimos y entre descender del coche y no encontrar a la persona sólo hay un parpadeo. Allí estaba ella. No era tiempo de cuestionarse, sabía su nombre, sabía que la conoció un día nublado en un parquecito de esos inusitados. Ese día estaba simplemente hermosa. A pesar del frío sólo llevaba un vestido delgado, unas sandalias de las que asomaban unos dedos perfectos y un sombrero de palma, para el sol. A él le dio risa porque tanto colorido en una tarde tan triste era lo mejor que podía ocurrirle. Se acercó a ella, gustos afines: jazz, como a Cortázar, sí. Risas. Pero no le llego ni a los talones. No sé, necesitaría leer algo tuyo. También los cuadros de paisajes, como José María Velasco. No, ahí no coincidimos. A mí me gusta Courbet. Dijo más nombres. Y las tardes como hoy… Y salir como si hubiera clima tropical, ¿verdad? Risas y silencio precipitado. Qué lindos ojos. Lugar común. Él le cedió el abrigo que cargaba entonces y que le parecía tan anticuado. Y ahora, ambos estaban aquí. ¿Es esto real?

Para asegurarse sólo era necesario alargar la mano. Recorrer con los dedos la línea de aquella sombra que se dibujaba a su lado y sentir la piel, el calor, la humedad. Trataba de aguzar la vista, pero el ardor en los ojos se lo impedía. El aire era denso. Los objetos parecían difusos, un dibujo hecho con lápiz sobre el que se borra para darle relieve a las cosas. En el suelo había rastros de ropa, desde donde estaba podía adivinar cada uno de los perfumes. El olor del cuerpo de Alma se confundía con ellos.

Y sin embargo, algo ocurría. Había algo que empezaba a alterarse en ese sitio donde se sentía seguro. Afuera quedaba lo demás y ellos ahí, un universo independiente del otro y de los otros. Allí la tarde y el vino, el gato ahogado y el parque, Alma y él. Personas con nombre y biografía y trabajo.

Definitivamente tenía la necesidad de sentirse ligado al lugar donde se encontraba, de establecer un enlace entre él y la mujer que dormía al lado, las paredes y los muebles, la ropa que yacía en el suelo. ¿Y si todo es real menos yo? Pensar así es el extremo de la insensatez, se dijo. Era necesario encender el cigarro, ya. Llegar como fuera al encendedor y aspirar el humo y llevarlo a los pulmones, a la sangre, sacarlo y comenzar de nuevo. Olvidarse un poco del sonido de la trompeta que huía por todos los resquicios de la habitación, olvidarse de esa fuga permanente, como el día de hoy por la tarde, pensaba, como Miles Davis huyendo no se sabe bien hacia qué lugar, hacia dónde. Había que abandonar el espacio que hacía algunas horas estaba inundado por “Générique” o por “Desafinado” y levantarse para alcanzar el cajón del buró, tomar con los dedos, compulsivamente, un cigarrillo y encenderlo mientras Alma comienza a revolverse en el lecho, mientras pronuncia un nombre que quizá es el de él; había que adelantarse a unos ojos que se abren cansados mientras unas manos más rápidas tientan casi instintivamente sobre la almohada, en las orillas de la cama, en el cuerpo, buscando rastros de un hombre que estuvo ahí, que habitó su cuerpo unas horas pero ha desaparecido de nuevo, otra vez, como siempre ocurre cuando Alma ha decidido olvidar por un momento a todos y emborracharse y escuchar jazz hasta la madrugada.

Marzo, 2001

JAZZ (2001), Ken Burns

Mayo 10, 2007

He aquí los primeros segmentos de JAZZ (2001), un documental de Ken Burns distribuido en 12 capítulos. Los comentarios más agudos, más sabios y más emotivos salen de los labios del gran Wynton Marsalis.