Sin desearlo, sin quererlo, los gritos de los niños que pasan abajo, en la calle, y el silencio de esta habitación, me llevan algunos años atrás. Basta cerrar los ojos. Cierro los ojos y al abrirlos nuevamente la penumbra continúa aquí, pero el lugar se ha ido. Los estantes de madera, los pocos libros y discos, las postales que reproducen fotos de Tina Modotti, la mesa y los manuales de las clases que doy, la cama, la sutil cortina a través de la que se filtra una luz sanguinolenta, aquellas cosas que definen mi presente, se esfuman.
Parpadeo. Sigo recostado sobre algo que ya no es un sillón. No. Debe ser, ahora, la cama de metal que mi madre compró hace no sé cuánto tiempo, aquella que tenía en la cabecera una repisa con la imagen de Jesús, una imagen flanqueada por vidrios blancos, cóncavos, apagados. Apretando un interruptor, alguna vez, debió encenderse una luz. Si extiendo la mano más allá de mi cabeza, seguramente encontraré algún jarabe para la tos, un frasco de vaporub, otro de ajo diluido en alcohol, una pomada para los labios, un rollo de papel higiénico, algunas calcomanías nuevas para mi álbum de animales. No me gusta esta cama. Cuando uno se mueve hace mucho ruido. Cada vez que tenemos que cambiar de casa hay que desarmarla, cargarla, y armarla otra vez. Además, a los pies tiene un depósito que rechina de una manera insoportable cada vez que hay que meter o sacar ropa. Pero eso no importa en este momento.
Estoy acostado y no quiero moverme ni abrir los ojos. No quiero acordarme de que en este cuarto, en la casa en la que está este cuarto, no hay electricidad. No quiero mirar la débil luz amarillenta que se cuela desde la calle ni las paredes descascaradas. No me interesan las cajas de cartón donde guardamos los trastes ni el costal con los juguetes que me regaló José. Si tuviéramos luz, podría ver la tele. Pero no tenemos tele ni luz. Lo que sí puedo hacer, en cambio, es escuchar el radio. Seguir así, como ahora, acostado, boca arriba, y tantear con las yemas de los dedos sobre las cobijas hasta llegar a una grabadora en la que puedo leer p-a-n-a-s-o-n-i-c sin abrir los ojos. No necesito abrirlos para saber que se encenderá el dial y una aguja roja se desplazará en busca de mi estación favorita. La voz que anuncia la estación es muy agradable, dice “Radio seis veinte, la música que llegó para quedarse”, y en seguida un programa donde ponen música de películas y hablan de actores y directores que no conozco. La verdad es que no voy mucho al cine. Mi mamá me ha llevado sólo dos veces (a ver películas de Charles Bronson) y ahora voy a quedarme con las ganas de ver Quién engañó a Roger Rabbit.
Hoy tampoco fui a la escuela. Pero yo sé mucho del mundo. Tendrán que transcurrir muchos años para percatarme de muchas cosas.